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Centro Financiero
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manifiestan en los más diferentes secto-
res de la comunidad, ante la ausencia de
datos objetivamente ciertos a ponderar; y
b) para la sociedad en su conjunto, ante
igual falta de certeza, por generar la in-
certidumbre sobre su futuro tanto inme-
diato como mediato.
En esa línea de derrotero, la sociedad
vuelve a sentir la “sensación térmica” del
enquiste de la inflación en la economía
cotidiana, variable que incide y se trasla-
da a la macroeconomía. El deterioro del
valor de su moneda, es la prueba cabal
que patentiza esa sensación, por ello su
huida persistente hacia otra moneda con
reserva de valor y aptitud de ahorro.
Al igual que el termómetro que advierte
sobre la fiebre de una persona, la infla-
ción es un
“timbre de alerta”
colectivo
que anuncia sobre el mal funcionamiento
de la economía de un país.
La fiebre, si sobrepasa ciertos guarismos
(38º de temperatura), determina que debe
recurrirse al médico para que indague so-
bre las causas que la motivan, diagnosti-
que sobre cuál es la enfermedad acaeci-
da y formule el tratamiento farmacológico
o quirúrgico necesario para enfrentar la
enfermedad y sanear a la persona.
La inflación, si traspasa determinados
límites aceptados técnicamente (10%
anual), también determina que deba con-
vocarse al gabinete de ministros y a los
técnicos para que exploren las variables
de la economía que no funcionan adecua-
damente, diagnostiquen sobre cuáles son
las disfunciones detectadas y formulen
las medidas correctivas como los incenti-
vos necesarios para revertir la situación.
En uno y otro caso, el proceso de recupe-
ración requiere la toma de decisiones que
no son agradables ni de fácil ejecución y
tienen un costo imprevisto a soportar.
La diferencia radica en que, si estamos
ante la salud persona el tratamiento su-
gerido por el médico se cumplimenta;
por el contrario, las medidas que corres-
ponderían adoptar para revertir las cau-
sas de la inflación diagnosticadas, no se
adoptan o se implementan sólo algunas
y aisladamente, debido a que, desde una
prevaleciente concepción políticamente
populista, no son convenientes por el te-
mor de pérdida de respaldo popular que
las mismas puedan acarrear, de modo
que son sustituidas por placebos, decla-
maciones voluntaristas y atribuciones de
culpas que se consideran ajenas a los
gobernantes de turno.
Al igual que la fiebre, bienvenida sea la
inflación, porque en ambos casos, anun-
cian con anticipación, que es necesario
e inevitable
“curar”
las dolencias orgáni-
cas y funcionales que las causan.
La inflación baja y controlada permite
el crecimiento sostenido, precisamente
por asegurarse la estabilidad monetaria,
financiera, cambiaria y productiva. Pero
sin adecuado y eficiente control de la in-
flación, subestimándose o ignorándose
sus índices, los esfuerzos para impulsar
la producción y el empleo se diluyen en
el tiempo.
Sin embargo, pareciera que la inflación
tiene bastantes simpatizantes, principal-
mente en el sector público, puesto que
toda economía inflacionaria conduce a
que se vean incrementados los ingresos
del Estado (impuestos) a la par de licuar-
se los egresos (salarios y proveedores,
jubilaciones, pensiones y planes sociales
asistenciales). Resulta que la inflación
disfraza las malas e ineficientes gestio-
nes en la administración de los recursos.
El valor económico de los bienes transa-
bles depende del valor que le asigne la
dinámica de los mercados, los cuales, a
1...,33,34,35,36,37,38,39,40,41,42 44,45,46,47,48,49,50,51,52,53,...60
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