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Centro Financiero
Wetteland y, muy pronto, salta al hiperes-
pacio como el cerrador, convirtiéndose
en adversario tan temido que los oposi-
tores hablarían acerca de la necesidad de
ganar juegos contra los Yankees en siete
u ocho episodios antes de y evitar que Ri-
vera subiera al montículo.
En el último mes, el ritmo de homenajes
a Rivera se ha acelerado dentro del béis-
bol y en los medios de comunicación, y
también entre sus fanáticos en Twitter y
Facebook, en los programas de radio que
reciben llamadas y hasta en la promoción
“Gracias por los Mo-Mentos” patrocina-
da por AT&T. Recitan las deslumbrantes
estadísticas de Rivera, citan canciones
que le dedicaban (como “Unforgettable”
de Nat King Cole o “El Último Adiós” de
Jeff Buckley), e intercambiaban recuer-
dos de sus desempeños en los cierres,
como esos triunfos emocionantes en
Series Mundiales; el séptimo juego del
Campeonato de la Liga Americana en el
2003 contra los Red Sox (ganado en 11
episodios por un cuadrangular de Aaron
Boone); su salvamento 602 estableciendo
récord con un noveno episodio perfecto
contra los Mellizos de Minnesotta en sep-
tiembre del 2011.
Tales manifestaciones de amor son un
testamento de la íntima y profundamente
sentida relación kármica que se ha desa-
rrollado a lo largo de dos décadas entre
Rivera y los fanáticos yankees y la ciudad
de Nueva York - una relación que ha sido
exaltada, quizás, por su trabajo como
cerrador. Nadie ha sido más jugador de
equipo que el humilde y leal Rivera, y sin
embargo su trabajo era extrañamente so-
litario: salir al cuadro no acompañado de
sus compañeros de equipo sino él solo,
al final, con la pesada responsabilidad de
salvar el juego para todos ellos.
Las fotos y los videos de Rivera corriendo
hacia el montículo desde el “bullpen” -
tomadas desde atrás o a sus espaldas,
con el Nº. 42 destacándose en su im-
pecable uniforme de rayas - han dado
lugar a imágenes similares (en diarios y
en camisetas y recuerdos) mostrándolo
corriendo no hacia el eléctrico empaña-
do del estadio de los Yankees, sino hacia
un reino de fantasía menos reconocido
inmediatamente. Trotando hacia el futu-
ro y el retiro. Y cruzando las puertas de
Cooperstown (el Salón de la Fama) y en-
trando a la eternidad de la historia.
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